Homilía sep. 26 / 2010

EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
ARZOBISPO DE PUEBLA,
PRONUNCIADA EN LA MISA DOMINICAL EN CATEDRAL, EL 26 DE SEPTIEMBRE DE 2010

 

La parábola, queridos hermanos, que hoy escuchamos en el evangelio sobre Lázaro y el hombre rico está dirigida a un público en especial: a los fariseos, pero también a todos los que como ellos ponen su seguridad en el dinero y se desentienden de los demás.

Ya son varios domingos en que  la palabra de Dios nos habla de los bienes materiales, tan necesarios para el bienestar familiar, pero, que si nos los aprovechamos debidamente nos impide ver las necesidades de nuestros hermanos más necesitados.

Cuando Jesús dice que no se puede servir a Dios y al dinero, los fariseos, que eran amigos del dinero, se burlan de él, Jesús los confronta y les dice: “Ustedes quieren pasar por hombres de bien ante la gente, pero Dios conoce sus corazones porque en realidad lo que parece valioso para los hombres es despreciable para Dios”.

Y les cuenta esta parábola: “Había un hombre rico que se bestia de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día y un mendigo llamado Lázaro yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiado llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico”. Con esta narración, con esta historia, Jesús pretende abrir los ojos y el corazón a ésos que –como el hombre rico– están encerrados en sus lujos y opulencia y no son capaces de mirar y compadecerse de los que están a la puerta cubiertos de llagas y con el estómago vacío: “Hijo recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro en cambio males, por eso el goza ahora de consuelo”.

En la enseñanza de la parábola llama la atención que el pobre, quien por lo general es anónimo en las parábolas, aquí tiene un nombre propio: Lázaro, Dios le ha traído ayuda y el rico, el importante que sin duda tenía un apellido y un apellido prestigioso, en la parábola no tiene nombre. Esto, no es ninguna novedad, ya la virgen María había anunciado esto cuando rezó el Magnificat: “Derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes, colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada” y Jesús en el sermón de la montaña también ya lo había dicho: “Dichosos los pobres porque de ustedes es el Reino de Dios, dichosos los que ahora tienen hambre, porque Dios los saciará. ¡Ay de ustedes los ricos o de los que confían en sus riquezas, porque ya han recibido su consuelo! ¡Ay de los que ahora están satisfechos porque tendrán hambre!”, y eso nos lo dice la parábola pero también nos lo dice la lectura del profeta: “¡Ay de ustedes los que se sienten seguros y ponen su confianza en el dinero! ¡Ay de ustedes que se reclinan en divanes adornados con marfil, se recuestan sobre almohadones, canturrean al son del arpa creyendo cantar como David, se atiborran de vino, se ponen los perfumes más costosos, pero no se preocupan por las desgracias de sus hermanos!”.

Las riquezas, en sí mismas, no son malas –repito–  durante estos domingos el Señor nos ha hecho ver que los bienes materiales son necesarios para nuestro bien personal y para  el bienestar de nuestras familias; pero cuando es la obsesión por el dinero, por el poder, por los bienes materiales y eso nos impide ver, más allá, nos impide ver los bienes espirituales o nos impide mirar hacia nuestros hermanos más necesitados, entonces no estamos usando debidamente de los bienes materiales. “Hijo –dice la parábola– recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro en cambio males, por eso el goza ahora de consuelo”.

De múltiples modos, el Evangelio, nos dice: que los últimos serán los primeros, que hay que tener cuidado con las riquezas, que la alegría está en dar y en compartir. Que esta parábola dirigida especialmente a los fariseos, nos ayude, también a nosotros, a ver si estamos viviendo el Evangelio, sobre todo, en cuanto a la solidaridad con nuestros hermanos más necesitados.

Por eso, la aplicación práctica de las lecturas de este domingo nos las da el Señor por boca del apóstol San Pablo, en la recomendación que le hace a su discípulo Timoteo: “Lleva una vida de rectitud, lleva una vida de piedad, de fe, de amor, de paciencia y mansedumbre, lucha en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste una admirable profesión ante numerosos testigos. Ahora en presencia de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que dio tan admirable testimonio, te pido que cumplas fiel e irreprochablemente todo lo mandado por el Señor, hasta la venida de nuestro señor Jesucristo la cual dará a conocer a su debido tiempo”.

Esta es la recomendación que nos hace el señor en este domingo, por eso, queridos hermanos, los invito a que le pidamos al Señor que nos conceda a todos y a la luz de esta parábola que hemos escuchado, vivir el Evangelio, que nos conceda a todos ser sencillos de corazón, pobres de espíritu para que podamos recibir estas palabras del Señor: “Goza ahora del consuelo de tu Señor”.