Homilía oct. 3 / 2010

EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
ARZOBISPO DE PUEBLA,
PRONUNCIADA EN LA MISA DOMINICAL EN CATEDRAL,
Domingo 3 de octubre de 2010

 

Queridos hermanos, el evangelio de este domingo se inicia con una petición, con una súplica, una oración que parece muy normal: los apóstoles, el círculo cercano del Señor, sus discípulos, le piden: “Maestro, auméntanos la fe”.

Parece ser una súplica que nosotros deberíamos tener y hacer muy a menudo, creemos en el Señor, pero al mismo tiempo sentimos también el deseo de creer en Él con más firmeza, como en la súplica que hace aquí aquel padre que pide a Jesús la curación de su hijo poseído: “Creo, Señor, pero dame tú la fe que me falta.”

Sabiendo que la fe es un don que el Señor nos hace, le rogamos que nos dé una fe abundante; y Jesús nos hace caer en la cuenta de que esta súplica no está bien formulada. Viene a ser lo mismo que ocurre cuando, ante la petición de Santiago y de Juan, hecha por medio de la madre de ellos que le dice a Jesús: “Señor, haz que uno de mis hijos se siente a la derecha y el otro a la izquierda, en tu Reino”, Jesús les dice: “No saben ustedes lo que piden, quieren beber del cáliz que yo voy a beber”. La respuesta de Jesús en el Evangelio de hoy es: “Si tuvieran fe, al menos como una semillita de mostaza entonces harían grandes cosas.”

Jesús nos hace reflexionar sobre la radicalidad de la fe, nos hace reflexionar y plantearnos si nuestra vida está arraigada y fundamentada en Dios y en su palabra, o no. No se trata de creer poco o mucho: si creemos, aunque nuestra fe sea muy sencillita como una semilla, podremos conseguir lo que nos da precisamente la fuerza de la fe, la comunión con Dios, apartar todos los obstáculos que nos privan de llegar hasta la vida verdadera.

Es en este sentido que Habacuc profetiza que el justo vivirá por su fe, o sea, la justificación, la salvación es por la fe en Jesús, no por lo que nosotros hagamos. ¡Claro! Nuestra fe tiene que estar acompañada por obras. “Muéstrame tu fe, si no tienes obras; yo te voy a demostrar con mis obras mi fe”, dice también la Palabra de Dios. Pero la justificación es por la fe en Jesús. Es la radicalidad, pues, admirable de la que nos habla San Juan refiriéndose a los que han acogido en este mundo la luz verdadera: “A todos los que le recibieron, les concedió poder llegar a ser hijos de Dios”, a los que creen en Su nombre, y es lo que dice también Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna, o lo que le dice a Martha en Betania, cuando ésta le reprocha la muerte de su hermano Lázaro: “El que cree en mí aunque haya muerto vivirá y todo aquél que está vivo, no morirá para siempre.”

La fe, pues, nos lleva a la vida eterna, por eso, pedir la fe es pedir la vida eterna y pedir la vida eterna es empezar a vivirla ya desde ahora por la fe que profesamos en ese Jesús.

Nuestra petición, pues, queridos hermanos, en este sentido, es que no sea una fe convenenciera, que sea una fe que nos acerqué a Él, que nos lleve a Él, que nos sea concedido vivir en la fe y vivir en la fe significa estar atentos siempre a la voz del Señor; escuchándolo con aquella actitud de adoración como lo hemos dicho con el salmista: “Señor, tú eres la roca que nos salva”. Y tener fe significa servir al Señor y servir a la Iglesia. Juntamente con esta fe plena y sincera en el Señor, el Evangelio nos exhorta a servirlo con toda fidelidad, a poner toda nuestra vida a su servicio, el Evangelio nos hace también en este sentido una invitación radical: “debemos servir sin reserva a quien confesamos que es  nuestro Dios y Señor.”

Se nos recuerda hoy que el servir al Señor no es otra cosa que cumplir sus mandamientos, cumplir con nuestro deber, servir al Señor con todo el corazón y con toda el alma es lo que nos toca hacer a nosotros. Vendrá el día en que si lo hacemos así, se nos dirán aquellas palabras que también escuchábamos en el Evangelio hace algunos domingos: “Dichosos aquellos a quienes su Señor al llegar encuentra en vela, yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Nuestra fe en Dios y el servicio sincero que ahora le prestamos nos hace vivir con esta esperanza. Pero nuestra fe, repito, que significa servir al Señor también significa servir a la Iglesia.

Hoy escuchamos en la segunda lectura los piadosos consejos de Pablo a su discípulo Timoteo, colaborador fiel en muchas misiones y responsable también con él, sobre todo en la iglesia de Éfeso. El apóstol, en su carta a Timoteo, nos habla de un servicio concreto que algunos son llamados a realizar: el de servir a Dios, velando por su Iglesia por medio del ministerio apostólico. A los que Dios confía este servicio les confía un tesoro: hoy, que participa con nosotros en nuestra Eucaristía dominical, la Acción Católica en sus 5 ramas: la UCM, la UFCM (señores y señoras), la  JCFM y la ACJM (señoritas y jóvenes) y la ACAN (adolescentes y niños) recibe este tesoro. Éste es precisamente el servicio que el Señor les pide, en todas nuestras parroquias de la Arquidiócesis, el servicio al Señor, el servicio a su Iglesia.

Pues que así vivamos los que debemos ejercer este servicio, que seamos muchos los llamados a realizar este servicio en su Iglesia, así se lo pedimos al Señor en nuestra Santa Misa.