Homilía oct. 24 / 2010

EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
ARZOBISPO DE PUEBLA,
PRONUNCIADA EN LA MISA DOMINICAL EN CATEDRAL
Domingo 24 de octubre de 2010

 

Queridos hermanos, al celebrar hoy el Domingo Mundial de las Misiones, la palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre nuestro ser y quehacer de iglesia. Todos somos bautizados y por lo mismo somos discípulos de Jesús; pero también somos misioneros de Jesús y es lo que quiere la Iglesia durante este día: hacer conciencia en todos sus fieles; que nuestra vocación de bautizados, de discípulos, nos lleve también a ser alegres misioneros de Jesucristo.

Me da mucho gusto recibir a todos estos hermanos de Renovación que hoy serán enviados, durante un tiempo, como alegres misioneros a nuestra ciudad, para dar testimonio de su fe, para dar testimonio de su vida de hijos de Dios y de hijos de la Iglesia católica de Jesucristo.

El mensaje de este domingo es el que escuchamos en el evangelio de Mateo. “Vayan por todo el mundo y enseñen a todas las naciones la Buena Nueva del Reino, bautizando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo  y con la confianza de que Él estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.” Este llamado que Jesús hace a sus discípulos y, después, el envío que hace de sus discípulos para continuar su obra de salvación encomendada por Dios, su padre, y continuada ahora por su Iglesia, este mensaje debe resonar en el Corazón de cada uno de nosotros.

Hoy le hemos pedido al Señor en nuestra primera oración: “Señor Dios nuestro, que has querido que tu Iglesia sea sacramento de salvación para todos los hombres, a fin de que la obra redentora de tu Hijo perdure hasta el fin de los tiempos, haz que los fieles caigamos en la cuenta de que estamos llamados a trabajar por la salvación de los demás para que todos los pueblos de la tierra formen una sola familia y surja una humanidad nueva en Cristo nuestro Señor. Todos estamos llamados a trabajar por la difusión del Reino; pero primero tenemos que profesar nuestra fe, segundo, defender nuestra fe y, tercero, difundir nuestra fe, gritar nuestra fe, predicar nuestra fe de discípulos y misioneros de Jesucristo.

La cita que hoy escuchamos en el Evangelio ya estaba hecha: Jesús, después de celebrar la Última Cena, le había dicho a sus discípulos “me encontraré nuevamente con ustedes en Galilea”. Galilea no sólo es una región geográfica, es un lugar simbólico. Galilea, no olvidemos, fue el lugar geográfico donde Jesús comenzó  a predicar y anunciar la buena noticia del Reino y después a Judea y después a todo el Oriente, que será el Oriente Cristiano, y después a Roma y, a través de Roma, a todo el Occidente Cristiano. Y los apóstoles y los discípulos enviados irán de lugar en lugar predicando la Buena Nueva del Reino y formando comunidades de discípulos y misioneros de Jesús; y después visitaran nuevamente estas comunidades o se comunicarán con ellas a través de sus cartas.

Galilea, pues, será el lugar geográfico que ve los milagros de Jesús, que escucha su predicación, que escucha sus parábolas, pero de Galilea a todo el mundo. Galilea es, pues, lugar del trabajo apostólico de los discípulos, lugar de la misión; en ese lugar tan significativo, tan lleno de recuerdos, tan lleno de esperanza es donde Jesús quiere encontrarse con sus discípulos.

El sentido de este encuentro de Jesús con sus discípulos era devolver las fuerzas a estos seguidores suyos que tanto habían vacilado, que se habían ganado a pulso el apelativo de hombres de poca fe, que no habían sido capaces de seguirlo como discípulos en Su Pasión, por eso, en sus primeras palabras , Jesús insiste en el poder que viene de Dios: “Me ha sido dado todo poder en el Cielo, como en la tierra”; y después viene el envío: “Vayan y enseñen a todas las naciones, vayan y prediquen la Buena Nueva del Reino y quien crea y se bautice se salvará, el que se resista a creer será condenado”.

Lo que Jesús encomienda a sus discípulos resume las dos etapas de la iniciación cristiana: la enseñanza y el Bautismo. Primero: hay que predicar el mensaje del Kerigma y ese mensaje es Cristo: Cristo muerto y Cristo resucitado, Cristo glorioso, Cristo vivo, Cristo presente en medio de su Iglesia. Y a quien crea en ese mensaje y a quien crea en ese Jesús glorioso y resucitado y se bautice le vendrá la salvación. Primero, la predicación; después, el inicio en fides, el principio de fe, motivado por esa predicación, por ese mensaje, por ese Kerigma y después el Bautismo; después, la vida de los sacramentos.

En Mateo el mandato es: “Vayan y proclamen” aquí, en el evangelio de Juan, dice: “Vayan y enseñen”. En el evangelio de Mateo los seguidores de Jesús eran discípulos y anunciadores, en este pasaje del evangelio son apóstoles y maestros. La responsabilidad de enseñar, de cumplir todo lo mandado por Jesús y bautizar es grande y Jesús los anima: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Ése es el consuelo de los discípulos, ése es el consuelo de los apóstoles, la presencia iluminadora, santificadora de Jesús en su Iglesia a través de su Espíritu Santo.

El Emanuel, el Dios con nosotros, acompañará siempre a la Iglesia en su misión; por eso el Evangelio de este domingo dedicado a las misiones nos invita a ponernos en camino y a compartir con otros hermanos la Buena nueva de Jesús, a comunicar y enseñar a otros que Dios es bueno y que quiere que entre nosotros seamos hermanos. Éste es el mensaje que todos tenemos que dar, y ahí donde el Señor nos ha colocado, no es necesario que vayamos a lugares de misión, también hay hermanos y hermanas que son enviados a lugares de misión donde no se conoce a Jesús; pero el Señor a nosotros nos pide que seamos discípulos y misioneros ahí donde Él nos ha colocado, en la familia, en la colonia, en nuestra calle, en nuestra escuela, en nuestro trabajo, ahí donde el Señor nos ha colocado, ahí quiere que demos fruto y fruto abundante.

Por eso decía que este domingo, Domingo Mundial de las Misiones, a nosotros nos toca profesar ante los demás nuestra fe, defender ante los demás nuestra fe, somos católicos normalmente aquí en misa, y ¡allá no!, somos católicos donde nos encontremos, en los ambientes donde nos vemos hay que difundir nuestra fe. Eso es lo que el Señor quiere de nosotros en este domingo y, así como lo dice San Pablo a su discípulo Timoteo: “Dios quiere que todos los hombres se salven, que todos lleguen al conocimiento de la verdad” y para esto envía a su hijo Jesucristo, o sea, el plan de salvación es del Padre, pero lo realiza el Hijo, lo realiza Jesucristo y lo realiza con su presencia en nuestra historia, lo realiza con su predicación, con sus parábolas, con sus milagros y, sobre todo, muriendo por nosotros en La Cruz, pero resucitando a una vida nueva. Después, Él termina su misión en esta vida y regresa a la casa del Padre, pero deja a sus discípulos, deja a su Iglesia naciente y esa obra de salvación querida por el Padre y realizada por el Hijo, la continúa su Iglesia; pero la iglesia somos todos los bautizados. Eso lo hemos escuchado muchas veces, la iglesia no sólo es la jerarquía, no sólo los obispos,  los sacerdotes, las religiosas… La Iglesia somos todos los bautizados y el Señor continúa realizando esa obra de salvación a través de su Iglesia.

Pues, ojalá, queridos hermanos, que nosotros, como hemos dicho en la primera oración, caigamos en la cuenta de que estamos llamados a trabajar por la salvación de los demás y por la salvación nuestra. Pues así se lo pedimos al Señor en nuestra Santa Misa Dominical.