Homilía oct. 31 / 2010

EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
ARZOBISPO DE PUEBLA,
PRONUNCIADA EN LA MISA DOMINICAL EN CATEDRAL,
Domingo 31 de octubre de 2010

 

 

Un breve pensamiento de reflexión, queridos hermanos, a la luz de la palabra de Dios que acabamos de celebrar. No es la primera vez que Jesús ofrece la buena noticia de la salvación a los publicanos, a los pecadores o a aquéllos que tienen su corazón puesto en los bienes materiales, más aún, ellos son el centro de su preocuopación: los pobres, los enfermos, los pecadores, los publicanos.

Entre los 12 que acompañaban a Jesús está Mateo, un hombre despreciable por recaudar impuestos para el Imperio Romano; entre los considerados pecadores públicos, está aquella mujer que se presentó en casa de Simeón El Fariseo para postrarse a los pies de Jesús, derramar un perfume costoso en éstos y enjugarlos con su cabellera y, por supuesto, está el joven rico, aquél a quien el Señor manda a probarse con sus bienes y él -dice el Evangelio- se fue muy triste porque tenía muchos bienes. En esta ocasión, Jesús se acerca y ofrece su amistad y salvación a Zaqueo, también un hombre rico y jefe de publicanos. No sabemos los motivos que tenía Zaqueo para ver a Jesús, quizás le había impactado cómo Mateo había dejado su mesa de recaudador de impuestos para seguir a Jesús, quizá llegó a sus oídos y quedó sorprendido de que el ciego que pedía limosna a la entrada de Jericó había recuperado la vista gracias a Jesús. El pueblo está entusiasmado y busca el modo de acercarse a Jesús, Zaqueo, por su baja estatura, tenía especial dificultad para conseguirlo; la gente se lo impedía, pero el no seda por vencido: en sus afán por conocer a Jesús, se sube a un árbol para verlo pasar y, para sorpresa de Zaqueo, Jesús lo mira y le dice: "Zaqueo bájate pronto porque hoy tengo que hospedarme en tu casa".

La emoción no se pudo contener, Zaqueo baja de inmediato y lleva a Jesús a su casa y en esa casa todo es fiesta y alegría; pero afuera empiezan las murmuraciones: "ha entrado a la casa de un pecador, lo mismo que cuando la mujer derrama un perfume costoso en sus pies, si supiera qué clase de mujer es ésta, si supiera que es una pecadora"...  Las murmuraciones, pues, no se hacen esperar, pero la conversión ha llegado a Zaqueo, la conversión de Zaqueo es profunda y verdadera; se ha encontrado con el Señor y ese encuentro personal de Zaqueo con Jesús da frutos de conversión. A diferencia del joven rico, reacio a liberarse de sus bienes materiales, Zaqueo -nos narra el Evangelio- abre sus puertas, abre las puertas de su casa y le dice a Jesús: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes y si he defraudado a alguien le restituiré cuatro veces más".

Zaqueo se ha vuelto, pues, un hombre libre, justo pero sobre todo feliz y Jesús lo confirma: “Zaqueo, hoy ha llegado la salvación a esta casa", porque también él es hijo de Abraham y  el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido. La salvación para Zaqueo es una realidad y él acepta esa salvación que le da Jesús. La salvación para cada uno de nosotros también es una realidad, el Señor ya nos ha merecido esa salvación gracias a su pasión, a su muerte, a su cruz. Ahora, falta que nosotros nos hagamos merecedores de esa salvación; pero también la salvación ha llegado a nuestra casa. Conviene, queridos hermanos, que nos preguntemos: ¿Qué tanto me esfuerzo por encontrar a Jesús en mi vida diaria? ¿Qué frutos de conversión ha producido en mí el encuentro con Jesús? ¿Cómo puedo confirmar que la salvación ha llegado a mi casa? Cada uno en su corazón responda a estas preguntas. ¿Me esfuerzo por encontrarme en la oración, en los sacramentos, en la Eucaristía, en la Palabra ,con el Señor Jesús?, ¿Acepto esa palabra, ese mensaje que el Señor me da cada domingo, cada domingo en que participo en mi Santa Misa dominical? Y así podremos confirmar si la salvación ha llegado a nuestra casa. Por otra parte, queridos hermanos, estamos ya en plenas vísperas o en plenas fiestas -mejor dicho- de Todos Santos y Fieles Difuntos. El día de mañana toda la Iglesia universal celebra las fiestas de Todos Santos y proclamamos con esta fiesta la santidad de Dios y la santidad de su Iglesia, y la santidad a la que estamos llamados todos. El día de mañana ojalá puedan participar en la Santa Misa, son de esas misas que llamamos de Precepto, la fiesta de Todos Santos, una fiesta antiquísima, desde los primeros siglos de la Iglesia, para proclamar la santidad de Dios y la santidad de su Iglesia. Sólo Dios es santo, pero nosotros sus hijos estamos llamados a participar de esa santidad.

El día de mañana escucharemos un texto muy hermoso, del Apocalipsis del apóstol Juan, que en su visión apocalíptica ve una gran multitud de hombres y mujeres de todos pueblos, de todas las razas, de todas las lenguas, de todas las naciones; y se pregunta en su visión apocalíptica: ¿Y quiénes son todos éstos? Y se responde: Son los que han pasado la gran tribulación, son los que han blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero Inmaculado, son los que están ya en el Cielo cantando eternamente: Santo, santo, santo es el Señor Dios de los ejércitos y entre ellos esperamos que estén ya nuestros seres queridos, y entre ellos esperamos estar un día nosotros, porque aquí vamos peregrinando hacia nuestra patria definitiva que es el Cielo. Y algún día, sin duda, seremos parte de esa Iglesia celeste y también junto con los ángeles y arcángeles, junto con los mártires, junto con los pastores, con los santos y santas también cantaremos eternamente las alabanzas al Señor. Y también, pasado mañana, celebraremos a los Fieles Difuntos. La Iglesia pide a sus fieles vivos, que oremos por los fieles difuntos: hoy por ellos, mañana, alguien les pedirá; la Iglesia misma le pedirá al Señor por nosotros. Por eso, estas fiestas además de antiguas son muy hermosas, la fiesta de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.

El día de mañana hacemos memoria de todos los hermanos que ya están en el Cielo y pasado mañana de todos los Fieles Difuntos, estén o no estén en el Cielo y le pedimos a Dios nuestro Señor por ellos. En estos días estará abierta también aquí la cripta de los Obispos y Arzobispos difuntos de esta Arquidiócesis. El día de pasado mañana, 2 de noviembre, yo bajaré aquí a rezar un responso por mis predecesores difuntos. Pero la iglesia nos pide a todos los fieles vivos que oremos por todos nuestros fieles difuntos; ojalá también pasado mañana puedan participar de la Santa Misa para pedirle a Dios nuestro Señor por nuestros seres queridos difuntos, si es nuestro papá, si es nuestra mamá, si son nuestros hermanos, si son nuestros hijos, antes de visitarlos en sus tumbas, limpiar sus tumbas, llevarles veladoras, regar sus tumbas y la oración por ellos, hoy por ellos mañana por nosotros. Pues, que el Señor, queridos hermanos, nos conceda celebrar estas fiestas de Todos los Santos y la fiesta de los Fieles Difuntos con una gran fe y devoción, así se lo pedimos al Señor en nuestra Santa Misa dominical.

Y hoy vamos a ofrecer nuestra Santa Misa dominical por nuestros seres queridos difuntos, cada quien sabe por quién tiene que pedir y por quién tiene que ofrecer esta Santa Misa de hoy, si es su papá, si es su mamá, si es su hermano, si es un hijo, pero -desde hoy domingo- tengámoslos presentes en nuestras oraciones, Nuestra devoción, nuestra piedad popular, nos mueve a recordarlos un día a los niños, un día a los accidentados, un día a los adultos, un día a todos los fieles difuntos en general. Con esos sentimientos vamos a continuar con nuestra Santa Misa dominical.