Homilía oct. 23 / 2010, VI Congreso Divina Misericordia

EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
ARZOBISPO DE PUEBLA,
PRONUNCIADA EN LA MISA EN EL VI CONGRESO DE LA DIVINA MISERICORDIA

Sábado 23 de octubre de 2010
 

Queridos hermanos, dicen que en la vida nada es coincidencia sino todo es providencia; todo está dentro de los designios, si bien misteriosos, de Dios nuestro padre y nuestra vida misma está en sus manos. Digo esto porque hoy y mañana, dos días de nuestro Congreso Internacional de la Divina Misericordia, coinciden con una jornada que el Papa quiere que toda la Iglesia celebre: el Domingo Mundial de las Misiones.

El envío que Jesús hizo de sus discípulos  -de los primeros que él llamó y con los que convivió y a quienes formó y después envió como alegres misioneros -es envío, pero también es llamado  que se sigue actualizando. El Señor sigue llamando discípulos y sigue enviando alegres misioneros, por lo tanto, las recomendaciones que nos han hecho desde hace tres años en Aparecida, aquel acontecimiento de nuestro continente, el llamado y el envío que nos ha hecho el Papa y todos los Obispos de América, sean discípulos y alegres misioneros de Jesucristo para que sus pueblos tengan vida en Él que es el camino, la verdad y la vida se sigue actualizando, eso se sigue dando, el Señor sigue llamando y el Señor sigue enviando; y por eso, unirnos hoy y mañana a la Jornada de oración, de sacrificio y de trabajo por las misiones nos hace sentir a todos Iglesia.

Aquí estamos representando a la Iglesia de Jesús. ¿Saben quién nos falta aquí nada más? El Papa, para que estemos todos; pero estamos los Obispos pastores, están los presbíteros -fieles colaboradores del orden episcopal- aquí atrasito está un grupo de religiosas, mujeres consagradas que, desde sus carismas, desde su espiritualidad, aportan a la construcción del Reino y Pueblo Santo de Dios ,los fieles laicos de Cristo Jesús.

Esta es la Iglesia de Cristo Jesús y así la quiso Jesús. Por lo tanto, lo que le hemos pedido al Señor en la primera oración que le hemos dirigido debe ser nuestra oración constante al Señor hoy y mañana: “Señor Dios nuestro que has querido que tu Iglesia sea sacramento de salvación para todos los hombres a fin de que la obra redentora de tu Hijo perdure hasta el fin de los tiempos, haz que tus fieles caigamos en la cuenta de que estamos llamados a trabajar por la salvación de los demás para que todos los pueblos de la tierra formemos una sola familia y surja una humanidad nueva en Cristo Jesús nuestro Señor”. Ésa ha sido la oración que le hemos dirigido a Dios Cristo nuestro Señor, como primera, al inicio de nuestra Santa Misa y es que Dios quiere, queridos hermanos, que todos nos salvemos y lleguemos al conocimiento de la verdad y ése es el plan amoroso y misericordioso de Dios nuestro padre y esto lo dice san Pablo en su carta a su discípulo Timoteo: “Quiere Dios que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la verdad, porque no hay sino un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre él también, que se entregó como rescate por todos”.

Ese plan salvífico del padre lo realiza Jesucristo: a Dios nadie lo ha visto, a Dios nadie lo conoce, nos lo revela su hijo Jesucristo, su amor ,su misericordia, se manifiestan en Jesucristo. Dios nos amó tanto que nos envió a su hijo Jesucristo y Cristo nos amó tanto que murió por nosotros en la cruz, Cristo nos amó tanto que sigue presente en medio de su Iglesia a través de las especies eucarísticas, Cristo nos amó tanto que sigue a través de su espíritu, de su Espíritu Santo, guiando, santificando, gobernando a esta Iglesia y por eso nuestra Iglesia es Santa, no por nosotros, nosotros somos pecadores y por eso nuestra Iglesia está necesitada de la misericordia de Dios, por eso nuestra Iglesia está necesitada del amor y perdón de Dios, porque quienes formamos esta Iglesia no somos angelitos, somos pecadores, pertenecemos a una humanidad pecadora. Pero esta Iglesia de Jesús es santa porque quien la fundo, Jesucristo, es Santo.

Ese plan, pues, amoroso, misericordioso, de Dios nuestro padre, lo realiza Jesucristo nuestro Señor; pero él lo realiza con su predicación, con sus milagros, con su presencia en la historia, tan importante que la historia a partir de la presencia de Jesús se dividió en dos grandes eras, en dos grandes etapas: la era antes de Cristo y la era después de Cristo, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Vino ,realizó esa obra de salvación, murió por nosotros en la cruz, resucitado, se hizo presente en medio de sus discípulos para animarlos, para fortalecerlos y luego para enviarlos; y luego regresó a la casa de del Padre; pero no los dejó solos, regresó para prepararnos un lugar: "Quiero que donde yo esté, ahí estén ustedes". Regresó a la casa del Padre para enviarnos al Espíritu Santo y decía: "Ese Espíritu Santo, ese Espíritu de Jesús es el que sigue guiando, santificando, iluminando, gobernando a esta Iglesia que formamos nosotros, los pecadores.

Somos una Iglesia terrena, somos una Iglesia peregrina, somos una Iglesia necesitada de purificación; pero, claro, nos encaminamos hacia la Iglesia del Cielo y algún día, junto con los ángeles y arcángeles, junto con los mártires, con los pastores, con los santos y santas en general, también, cantaremos eternamente las alabanzas al Señor.

Ahora, con nuestra oración, con nuestra celebración, sobre todo con nuestra celebración por excelencia, de alabanza, de bendición, de glorificación del nombre de Dios, de acción de gracias que es la Eucaristía, nos unimos como Iglesia terrena a esa Iglesia del Cielo y también con nuestra oración cantamos, juntamente con ellos: "Santo, santo, santo es el señor Dios de los ejércitos".

Por eso, al celebrar, queridos hermanos, hoy y mañana, esta jornada a favor de las misiones -pues nosotros nos sentimos y lo somos discípulos misioneros de Cristo- cantemos las alabanzas al Señor, cantemos su amor y su misericordia, con esta Celebración Eucarística estamos terminando esta primera jornada, de reflexión, de oración, de compartir juntos la fe y el día de mañana la continuaremos. Vamos pues a pedirle al Señor en nuestra Santa misa que nos conceda a todos ser conscientes de nuestra vocación de discípulos misioneros de Jesucristo, que nos conceda a todos ser conscientes de nuestra vocación de bautizados, de nuestra vocación de formar todos la misma Iglesia de Jesús. Y con esos sentimientos vamos a continuar participando en nuestra Santa Misa.